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jueves, 12 de abril de 2012

Del ficticio Estado del Bienestar

Estamos al borde de la intervención... El sistema autonómico se tambalea... El estado del bienestar se desmorona...
Hoy, nos quejamos de la ruina y el descontrol, pero... ¿Realmente tenemos lo que nos merecemos?





España ha sido siempre un país de contrastes. Somos un destino turístico privilegiado por nuestro carácter, siempre festivo y dispuesto a la broma y la juerga hasta el punto de la irrealidad.

Queremos ser modernos, estar morenos, vivir como reyes y ser europeos... Vivir como esos que nos visitan y a los que agasajamos con nuestras paellas, nuestro sol y nuestros rebujitos a módicos precios.

Incluso, nos hemos creado una realidad paralela en la que hemos asumido que todo, en esta vida, es gratis. Y que tenemos derecho al sustento sólo por el hecho de haber nacido en España.

Hemos asumido (muchos) que el dinero público no es de nadie cuando, en realidad, es de todos. Creíamos que el pecunio nunca se terminaba, que los Estados no quebraban, y usamos los años de privaciones de nuestros padres y abuelos como excusa para justificar nuestros excesos.

Todos queremos una casa propia, a toda costa. Nuestros papás y mamás nos convencieron, en su bendita ignorancia (a saber qué vivieron ellos para tener esa mentalidad), de que lo primero en la vida era comprar una casa. Una vivienda. Un pedazo de tierra en el aire. Que a nosotros no nos falte lo que ellos no tuvieron cuando eran jóvenes.

Una herencia que dejar a nuestros hijos cuando, ya jubilados, terminemos de pagarla y muramos aburridos de privarnos de un plato de lentejas por cada gramo de cemento pegado a nuestras paredes.

A toda costa.

Caímos en la trampa de nuestro propio egocentrismo. Nos juntábamos en los bares a presumir de lo que YO había pagado por mi casa. De lo que YO había gastado en la reforma. De cuánto había pagado YO por los muebles de la cocina. Y de lo poco que YO había tardado en mi nuevo coche entre Madrid y La Coruña. Y, cuanto más caro, más hinchados de presunción. Nadie nos empujó a ello. Sólo nosotros fuimos responsables de pagar lo que nos pedían por cosas que no costaban lo que valían y desterramos del diccionario la palabra AUSTERIDAD.

Los prestamistas legales, nos convencieron de que, por dinero, no iba a ser. Que pidiésemos, que ellos nos daban. "Tranquilos", nos decían "El dinero es barato. Pedid por esa boquita: ¿En cuánto quieres que te tase el nuevo piso?".

Nos pusieron en bandeja el medio para alimentar nuestra arrogancia y nuestra fanfarronaría. Fuimos presas fáciles para los depredadores pero, lejos de intentar defendernos o intentar huir de ellos como hacen los cervatillos, nos dejamos devorar mientras disfrutábamos de nuestro propio festín y nos autofagocitábamos.

Y nos tasaban nuestros montones de ladrillos en cantidades obscenas para que fuesen ellos los que soportasen el coste de nuestros excesos: La reforma, los muebles, el coche nuevo, el alcohol del botellón en el que presumir de BMW, las 16 tarjetas de crédito...

Nos reíamos y pensábamos "¡Qué pringaos! Nos dan todo lo que queremos y más", mientras le llevábamos nuestra ropa a lavar a mamá cuando íbamos a recoger el tupper de albóndigas con tomate.

Nos sentíamos Amancios Ortegas en escala 1:100.000.000. Poderosos en nuestros coches nuevos de gran cilindrada a pagar en 40 años, instalados en el salón climatizado de nuestra vanidad y seguíamos sustituyendo la realidad, por un delirio de lo que queríamos pero no podíamos ser.

Nuestros padres, cuando nos veían con el agua al cuello, nos ayudaban pero no entendían porqué no llegábamos a fin de mes. Ellos, que tantas privaciones pasaron durante el franquismo para hacer frente a 300 letras de 300 pesetas para pagar su hogar, no acertaban a comprender.

En el franquismo, todo era peor... O no.

Se ganaba menos que ahora y los pisos, realmente, eran un sacrificio. Pero no había intereses. Ni se gastaban el 70% de lo que ganaban en pagar el montón de ladrillos apilados que les sirvieron de cobijo para el frío y la lluvia durante toda su vida y que habían conseguido pagar en 15 años en vez de en 25. Podían meter en el cerdito de porcelana lo que nosotros "invertíamos" en intereses bancarios.

La democracia, nos trajo hipotecas a 50 años. Hipotecas con intereses que debemos pagar antes que la vivienda y que consignaba nuestra vida y nuestras almas en una cuenta corriente para el resto de nuestros días.

Aprendimos a especular. A ejercer la libre compraventa para que, un pringao mayor que nosotros, viniese y se hiciese cargo del coste de nuestra nueva vivienda, más cara, más grande y más petulante, con la que poder callar la bocaza de nuestro amigo que nos había sacudido la suya en la anterior sesión de cañas y mus.

Cuando todo se terminó y nos dimos cuenta de que lo que teníamos no valía lo que costaba, nos dimos de bruces con la realidad.

Incluso, algunos hipotecamos, no solo a nuestros padres, sino a nuestros hijos y hasta nuestros nietos. Hipotecamos no solo nuestras casa, sino nuestras vidas y las suyas.

Y el futuro del Estado.

Nuestros políticos, en su afán de consentir nuestros deseos de un estado de bienestar ficticio en el que todo era gratuito y el dinero no era de nadie, cayeron en nuestras presiones para que la fiesta no decayera.

El dinero subió de precio, los prestamistas cerraron el grifo y estrangularon la economía para poder subsistir.

Cuando quisimos reaccionar, era demasiado tarde. No pudimos vender lo que teníamos en el valor endeudado porque ya no valía lo que costaba. En realidad, siempre hemos pagado más de los que costaban. Siempre vivimos por encima de nuestras posibilidades, como nuevos ricos. Y, a eso, le llamamos estado del bienestar.

Le echamos la culpa al otro: al político, a los mercados, a los bancos, a los constructores...

¿Y nuestra responsabilidad? ¿Dónde queda nuestra responsabilidad?

Hoy, mal que nos pese, debemos pagar nuestro propio peaje por nuestros propios desmanes, nuestra vanidad y nuestra bisoñez. Y asumir la responsabilidad de los actos propios que nos han llevado hasta aquí. ¿Nos toca pagar nuestra parte de la crisis? Por supuesto... ¿Quién sino?

Y debemos aprender, de una vez por todas y para siempre, qué es realmente el estado de bienestar.

¿Y todavía debatimos sobre ideologías?

3 comentarios:

  1. Todavía... Gran entrada. Te felicito.

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  2. No no no no y mil veces no!!!!!!!!!!

    Tu gran alegato es apología del franquismo del "empresarismo" salvaje y esclavizador, y del más aterrador liberalismo burgues, ese (que no cada uno de nosotros) que nos ha traído hasta esta realidad en la que ahora estamos inmersos, y todo para que los de siempre puedan mantener su piscina privada de 25m de largo, un chacha que les limpie su porquería, etc., etc., etc.

    Yo, si yo, y como yo millones de personas, no soy en absoluto ni partícipe ni responsable de esta situación.

    Ya lo dice el refrán: "siempre pagan justos por pecadores" y en esta ocasión es más aplicable que nunca.

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    1. Vale que no estés de acuerdo, pero... ¿FRANQUISTA? Cada día alucino más con la ligereza con la que usan algunos ese término...

      Ahora, si tú lo dices...

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